La desmagnetización

Buenos Aires. Colectivos. Tarjeta SUBE. Con la que se paga el pasaje.

Se ha desmagnetizado. Las máquinas/plásticos/bandas magnéticas fallan más que los humanos.

He vuelto a pagar con monedas. A tener el papelito blanco, incómodo, nadando entre mi billetera y mi cartera, sin encontrar su lugar en mi mundo.

He vuelto a ver el mensaje que marca la máquina donde se depositan las monedas.

“Indique su destino”

Mínimo, son dos por día. El de ida y el de vuelta. Fines de semana, más. Alguna noche entre semana, pueden ser cuatro.

Pero no es el destino, en el que me deja el colectivo el único al que me dirijo esa sábado o esta noche.

Aunque a la noche vuelva a casa, tampoco este es mi destino.

Y mañana, a las 9 de la mañana, cuando me suba a la línea 29 y diga, 1.25 por favor, tampoco lo será.

Hay veces que el destino cuesta más que 1,25. Hoy en día poco cuesta menos.

Hay días en los que el destino tiene un presupuesto ajustado y otros en los que nos deja volar la hilacha.

Hay destinos obvios que al  dejar de ser destinos, se tornan en fragmentos de vida inesperados.

Cuantos se tengan, se crean (de creencia) o se crean (de fabricación)

A veces están impresos en un cartón.

En luces parpadeantes.

Leds de colores.

En un boleto de avión.

Escondidos en una conversación.

 

 

 

Implícitos después de un encuentro.

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